La cocina huele a sopaipillas, y a mermelada de limón. Ya no queda leche en el refrigerador. Ni te imaginas como quisiera tener esa bolsa de papel en la cabeza, y no para ocultar la tristeza...más bien, como medida perentoria para oprimir a la pereza.
En la calle, a estas horas, el vapor del café, se confunde con el hedor de los residuos de una micro. Otra vez, tirada en Matucana, con la nariz machucada por el frío, con calcetines de hilo, y brutalidad en la mirada. Repasando entre los descaros del invierno asesino, mi síndrome de conformista enmascarada, y la velocidad con que ciertas grietas se abren en la mente, olvidando tu cara, e instaurando nuevas marañas, repasando, repasando otra vez, la seriedad apremiante del descaro de la mañana, de la irritante perseverancia, de la subliminalidad mal arraigada.
martes, 20 de noviembre de 2007
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