jueves, 3 de julio de 2008

Ironía

Nada podía terminar bien, solo porque nada podía terminar aún. Era el momento de la emancipación reflexiva. Cuando quería dedicar horas y horas a la virtualidad de una maraña de ideas retro-activas. Era sinceramente mejor que intentar intoxicarse tragando acetona, o mezclar cloro con porotos, o bajar sin escalera barrancos de pesadillas sin terminar. Y se encontró a si misma, entre el humo del cigarrillo y el vapor clásico del café. En medio de cajas llenas de libros, y cuadernos que nunca más en su vida habría de releer. Era la vida de alguien que no le prestó la atención requerida al tiempo y se dedicó a rebuscar con ímpetu el motivo de vida del viento.

Recordó la noche en que el rencor subió entre beso y revuelco por la sábana hasta el cuello. Recordó la pared que miró meses, en los que durmió de espaldas al invierno. El olvido no la satisfacía, no bastaba pensar en dolor, ni agonía. Todo era mentira, nada la reconfortaba, de que servía conocer la dualidad dialéctica de la cosas, entender que después de la noche viene el día, que después de la tormenta sale el sol… es duro decirlo sí, pero concuerdo con ella en que, todo se vuelve un spot publicitario para inculcar una maldita obsesión por la vida…

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