Cerré y abrí la puerta miles de veces. No estabas tú ahí. Estaba yo sola en la habitación, al cerrar. Estaba yo sola en el corredor al abrir. Cerré y abrí la puerta mil veces más. Miraba el cuaderno a los pies de la cama, las pantuflas, la pizarra, las y los nadas. Hoy por hoy, era todo eso. Hoy por hoy, era nada.
No quería respirar más ese aire tan mal dirigido, que no era ni estatal, ni privado, que no era tuyo, ni mío. Llegué al punto en que el estoicismo me dobló la mano, y el hedonismo me invitó a su fiesta de cientos de años, en su mentira de paz, amor, libertad y consumo. Se lamentaría el hedonismo al verme llegar, porque no habría espejo capaz de reflejarme en su palacio de juguete, como así lloró el cacique estoico después que llegué a quemar su ruca inerme.
Me senté con la espalda en el marco de la puerta, esperando igualdad entre ambas verdades, pero debo reconocer que el esfuerzo fue poco, y había más cuerpo cargado hacia el silencioso corredor, que hacia la habitación devastada de proyecciones y deducciones.
- El vacío es la forma – me dijieron.
- La forma es el vacío – dije yo.
Y vería correr las dudas como viejo vino, pasando por debajo de cada puerta que daba al pasillo, y escucharía el silencio de quien esperaba tras cada puerta la resolución absoluta de una mirada sincera. Tuve que ponerme de pié y cerrar la puerta de golpe, con miedo y pasé a recostarme en esa cama, de sexualidad retardada. Tomé el cuaderno y suspiré apoyada en el bienestar pasajero. Era inevitable sincerarme con aquel cuaderno, que ofrecía la inagotable carta sin destino y de escritor perecedero… y escribir después del entuerto en espesura…
“En un día como este, no quiero hacer nada más que lanzarme al abismo de palabras mal hiladas, que solía ser yo. “
viernes, 27 de junio de 2008
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